La mirada de una mujer tan corriente como la mayor parte de los adultos que trajinamos la vida, invisibles.
Es bueno poder expresarse, sin exhibirse, hay pedazos de uno que no se muestran.
Observar y transmitir. Es el lugar del encuentro que he elegido. No nos vamos a cruzar en las redes sociales.
Volviendo a casa desde el centro, en ómnibus, sentada, exactamente pasando la puerta del medio del colectivo, distraída, levanto la cabeza y veo a un señor muy mayor, erguido, con bastón y una gasa manchada de sangre tapando un ojo, sujeto a uno de los barrotes.
Había llegado hasta allí sin ser advertido por los que estábamos sentados o con nuestra indiferencia.
Luego de aceptar un asiento, se corre hacia la ventanilla porque bajaba el pasajero. Una señora que tal vez pudo captar algún gesto, que le permitió presumir esa decisión, se colocó en el pasillo de modo que le impedía salir al que quería bajar, yo observaba sentada atrás.
¡ Suerte increible, en un viaje en colectivo de 30 minutos, dos asientos !
El señor mayor con el parche en el ojo, comenzó a hablar, un poco para sí, para una señora que le respondió dos veces, acordando, para todos, porque lo hacía en voz alta y firme, sobre todo lo que nos habían robado.
Cierto que nos han despojado, hasta de la ilusión de la esperanza.
Han vaciado nuestros ojos. No vemos que nos robamos entre nosotros con las mezquindades pequeñas y cotidianas y que los que nos cegaron alguna vez han estado en nuestro lugar en un colectivo.
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